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¿era debray soplón?

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Muerte del Ché Guevara: testimonio y reflexiones. Haití y Bolivia
El francés Régis Debray, seudo-revolucionario y auténtico informador-topo saboteador de los servicios de inteligencia
por Claude Ribbe*

En 2004, Francia se reconcilia con los Estados Unidos participando en el derrocamiento del presidente haitiano Jean-Bertrand Aristide. El intelectual seudo-revolucionario francés Regis Debray organizaba el golpe de Estado por cuenta del gobierno francés. Testigo excepcional de aquel drama, el escritor francés Claude Ribbe, quien fue miembro de la Comisión Internacional de Expertos sobre la Deuda de Haití, describe aquí la conspiración, la campaña de difamación desatada contra el presidente Aristide, su secuestro y su detención fuera de su país. París había previsto el regreso al poder del ex dictador Duvalier. Pero en el último momento, Estados Unidos impuso a sus propios títeres, Boniface Alexandre y Gerard Latortue.


 


21 de febrero de 2010

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Biografías
 Régis Debray

El escritor francés Régis Debray, seudo revolucionario y auténtico espía-informador.
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Regis Debray, el «compañero» bocón del Che Guevara

Yo lo sabía! Yo lo sabía muy bien que el olor emanando de los cadáveres de Haití en descomposición atraería [al escritor francés] Régis Debray, el hombre que cree que el Sr. Villepin [antiguo Primer Ministro del presidente francés Chirac] será coronado emperador de los Franceses en marzo de 2012. Régis Debray sueña con ser ministro de Cultura de Napoleón IV (el último de la descendencia fue Napoleón III, el autor se refiere de manera irónica, cuando habla de Napoleón IV, nota de la redacción).
Tiene razón. Todas las ocasiones son buenas. Por eso estoy seguro que Régis Debray tiene colgado el retrato de Villepin en su cuartito, justo encima de su cama.
Sólo han hecho falta diez días para que olor a muerte lo atraiga.
!Qué olfato tan bueno el de Régis!
Después de los consejos dados por Villepin a Nicolás Sarkozy [actual presidente francés], Régis Debray sube al pódium para declarar en la antena de la radio internacional France Inter que es imperativo poner Haití bajo tutela.

Entonces, vamos, hablemos de este Régis Debray que yo admiro mucho, es necesario que yo lo diga. Me gustaría mucho tener su estilo retenido, y esa elevación que me recuerda por otro lado el estilo del Sr. Villepin. Es verdad, no me había dado cuenta antes: hay algo de común en los escritos de ambos, de estos dos personajes. Yo me pregunto por qué. Será necesario que yo reflexione cuando tenga un poco de tiempo.
Yo nunca me hubiese interesado en ese viejo reaccionario un poco arrogante [Régis Debray], pero tan enternecedor en sus certitudes, este viejo guerrillero cuyas ideas están pasadas de moda, es cierto (sus trajes también, preciso), yo nunca me hubiese interesado en él sino lo hubiera encontrado en mi camino y de una manera sorprendente que yo voy a narrar en detalles. Inútil de volver a contar otra vez su heroico rol en el arresto del Ché Guevara en Bolivia. Él había sido su compañero y tiene razón de vanagloriarse de esto.

Los antiguos activistas franceses de los años 68’ lo consideran como un verdadero y ejemplar revolucionario. !Todo lo que yo siempre quise ser!
Pero las «malas lenguas» —y entre ellas hay que incluir a la misma hija del Ché Guevara que seguramente no es ninguna loca afectada por la pena— dicen que es un traidor vendido a los Estados Unidos. Estas palabras que podrían ser viles calumnias, evidentemente y simplemente están fundadas sobre el hecho que el mismo Ché Guevara —que se encontraba secretamente en Bolivia en 1967 y que un espía-topo infiltrado de la CIA indicó su presencia— escribió cosas en su diario de campaña respecto a Régis Debray...

Pero yo ya veo a los lectores de este gran escritor francés (y seguramente futuro miembro de la Academia, en todo caso futuro ministro de la Cultura de Francia), yo los veo indignarse [de mi acusación]. Ellos reclaman los detalles de esta acusación. ¿Detalles? Muy bien, pero esto va alargar mi discurso. Que vamos hacer. Volvamos entonces al año 1967.
He aquí lo que escribió el Ché Guevara en su diario el 28 de marzo:

«El francés ha defendido con mucha vehemencia el deseo de partir precisando que él sería más útil afuera.»

Yo no veo allí más que sospechas infundadas. Debray, joven intelectual gaulliste disfrazado en guerrillero, hijo de una senadora gaulliste y de... yo no sé que quien más, otro gaulliste [Ndlr: gaulliste se refiere a la tendencia política de Charles De Gaulle ], creo, estaba en esa época en Bolivia con el Ché Guevara [1]. Pero estaba apurado en irse. El Ché Guevara desconfiaba de esta actitud precipitada de irse así de repente. Casualidad positiva o negativa (no sabemos mucho), Debray fue arrestado por las fuerzas militares bolivianas que trabajaban con la CIA.
Una vez en las manos de esta gente, yo no dudo que un intelectual del temple de Debray haya sido discreto. En cambio el Ché tenía dudas al respecto. Después del arresto de Debray y de su compañero Bustos, otro emérito intelectual, tan fiable como Debray, que los bolivianos y la CIA fueron informados que el Ché Guevara estaba en Bolivia. Después de este arresto, he aquí lo que el Ché Guevara escribió con fecha del 30 de junio de 1967:

«...En el plano político, lo más importante es la declaración oficial de Ovando que dice que yo estoy aquí [en Bolivia]. Además, él dice que el ejército se enfrenta a guerrilleros perfectamente entrenados y que incluso, cuentan con comandos vietcongs que han vencido a los mejores regimientos norteamericanos. Él se apoya en las declaraciones de [Régis] Debray que al parecer, ha hablado más que necesario a pesar que nosotros no podamos saber qué consecuencias tendrá esto, ni cuales han sido las circunstancias en las cuales él [Debray] ha dicho lo que ha dicho...»

Debray fue interrogado por las fuerzas militares bolivianas y la CIA, más exactamente los días 8 y 14 de mayo de 1967. Yo no dudo de él, estoy seguro que se comportó como un héroe, a pesar de haber recibido sin duda algunas bofetadas. ¡Pobre Régis!

También vemos que el Ché Guevara ha escrito en su diario, con fecha del 10 de julio:

«Por otro lado, las declaraciones de Debray... no están bien; sobre todo porque ellos [Debray y Bustos] han hecho confesiones respecto al objetivo continental de la guerrilla, cosa que ellos no debieron haber dicho.»

¿Han hecho «confesiones»? ¿Y qué otras cosas más? Ahí, yo comienzo a dudar de la honestidad del Ché Guevara.

Pero como son Ustedes los que quieren saber todo acerca del futuro Ministro de la Cultura de Napoleón IV, estoy obligado de precisar que, veinte años después de estos acontecimientos históricos, un general boliviano, el Gral. Arnaldo Saucedo Parada, jefe de los Servicios Secretos del 8vo Regimiento, el mismo regimiento que operaba contra la guerrilla del Ché Guevara [en Bolivia], dio su versión de los hechos y publicó incluso algunos documentos al respecto, es decir informaciones obtenidas por el ejército sobre la guerrilla en esa época [2].
¿Tenemos que creer lo que dice este militar? No lo pienso. Pero para ser justos y honestos, yo les muestro a continuación in extenso lo que este General boliviano escribió:

«La existencia de la guerrilla fue señalada al ejército [boliviano] el 11 de marzo, cuando los guerrilleros desertores Vicente Rocabado Terras y Pastor Barrera Quintana fueron capturados y puestos en manos de la Dirección Provincial de Investigaciones —DIP— donde fueron posteriormente entregados a las autoridades militares de Camiri. Estos desertores han claramente informado el hecho que la guerrilla se preparaba cerca del río Ñancahuazu con elementos cubanos, peruanos, argentinos y bolivianos y que el jefe era Ché Guevara, bajo la protección de Fidel Castro desde Cuba; además, esta información fue completada por otro guerrillero arrestado el 18 de marzo, Salustio Choque Choque y confirmada por [el francés] Régis Debray y Ciro Roberto Bustos, el 8 de mayo de 1967, en el transcurso del interrogatorio efectuado por el J-2 del Comandante de las Fuerzas Armadas, Federico Arana Cerudo, quien relata lo dicho, también por el teniente coronel de los carabineros Roberto Quintanilla y por Mario González, [agente] de la CIA.

Cuando leeremos las memorias de Bustos [que yo muestro] en este libro, veremos que con que apuro los teóricos Debray y Bustos querían irse de la zona de peligro [de combate] y este comportamiento fue la causa principal del rápido fracaso de la guerrilla del Ché [en Bolivia], porque esto obligó a toda la tropa [guerrillera] a irse a Muyupampa y pasar por el Yuque, a causa de un enfermo, el Ché dejó a Joaquín con la retaguardia y al regreso no se encontraron, y el hecho de buscarse unos y otros, acaparó toda la atención del Ché y de Joaquín ,esto " les ató las manos” impidiéndoles de efectuar otras acciones militares, que tal vez les habría dado alguna ventaja con resultados imprevisibles cuando se trata de este tipo de lucha, porque mientras el enemigo no ha sido aplastado y no se haya rendido sin condición la guerra no ha terminado [«incluso tres personas pueden continuar la pelea en la guerrilla», Régis Debray en su libro Revolución en la Revolución] y los resultados pueden variar en función de los análisis que se hacen de la situación, al interior del Comando Conjunto Militar, lo que es cierto, es que esta separación de la guerrilla fue un accidente que les quitó fuerza y fue el comienzo del fin. Esto fue el preludio en los sitios llamados Gué del Yeso y del Churo.

Con la captura de Régis Debray y Bustos en Muyupampa el 20 de abril [1967], nosotros tuvimos [primera vez] un panorama más amplio y preciso de la guerrilla [del Ché Guevara], su plan de batalla, su organización y otras interrogantes que no sabíamos hasta ese momento, como la confirmación de la presencia del Ché y del grupo de cubanos, gracias por un lado a las declaraciones de Debray y Bustos, gracias por otro lado por el carnet de memorias escrito por este último y que fue inmediatamente dado al conocimiento del Comando Conjunto, así que el retrato dibujado a lápiz de los 20 guerrilleros, incluso una descripción escrita bien detallada de las características físicas de cada uno de los guerrilleros y posteriormente un croquis detallado de la ubicación de sus campamentos y escondites que permitieron descubrir las "grutas" y otras guaridas donde escondías sus armas y sus materiales etc...

La Sección-2 de la 8va División [del Ejército] obtuvo igualmente de Debray una carta escrita de su puño y letra el 14 de mayo [1967] y en la cual él confirma la presencia del Ché Guevara en Bolivia y precisa que es Fidel Castro en persona que lo ha enviado para que él [Debray] se vea con el Ché. El original de esta carta fue enviada al Comandante del Ejército [boliviano]. Indudablemente, es con la captura de Debray y Bustos que el ejército boliviano tiene la prueba que efectivamente el Ché está en Bolivia. Los dos [Debray y Bustos] confirman el hecho a los servicios secretos que el Ché está aquí.

Otro hecho tuvo una influencia muy importante y esto fue la separación del grupo de Vilo con la fuerzas de retaguardia. Esto fue una separación involuntaria, pero que se debió precisamente a la insistencia de Debrayque no paraba de pedir para irse. Frente a esta situación —día y noche Debray hablaba con el Ché— señalándole que él sería más útil en la ciudad, desarrollando contactos, que [por otro lado] físicamente él no era un guerrillero, que él deseaba irse, que podía ser de gran ayuda afuera (...)

En la guerrilla, él [Debray] no hizo nada excepcional. Debray pasó su tiempo diciendo que quería irse de la guerrilla. Para mí, teniendo en cuenta todo lo que escribió, lo que él buscó fue ganarse la confianza de la Revolución Cubana y la confianza del Ché. Yo no sé cuál era su objetivo. Pero con lo que ha hecho, su toma de posición estos últimos tiempos, yo no excluyo que él [Debray] haya podido jugar sobre dos tableros.

El Ché actuó de manera consecuente hacía el mismo [y sus convicciones], incluso el Ché fue muy comprensivo cuando Debray le habló de su deseo de tener un niño (...) Yo les digo que la separación en dos grupos (...) Es algo que nadie ha dicho y que yo se lo digo a Debray, que sea más honesto consigo mismo, que diga que la guerrilla [del Ché Guevara] tuvo más problemas por su culpa, que lo diga al menos una vez, de que él [Debray] fue el causante de la separación de la guerrilla (...) Cuando los hombres no tienen la capacidad [ni la envergadura] necesaria, pueden cambiar de vista [opinión] y Ciro Bustos cambió de vista, se vio hecho prisionero —parece que lo amenazaron— y esto le hizo perder su color, se descolorió [su piel, se puso blanco como un papel]. Es lo que pienso respecto a Ciro Bustos y de Régis Debray —lo repito— pienso que él [Debray] jugaba sobre dos tableros.»

Todo el mundo se habrá dado cuenta que este General boliviano es un cuentista.
«Debray jugaba sobre dos tablero» ¡Insensato! ¡Impensable! Tales acusaciones no merecen que sean desmentidas. Esto es todo en cuanto al año 1967 [3]. Cerremos este capítulo. No hay nada de grave. «Debray que al parecer, ha hablado más que necesario» pero es el Ché Guevara que lo dice.
«Debray ha hecho confesiones cosa que no debió haber dicho». Es otra vez Ché Guevara que lo dice. Yo me pregunto si el fondo el Ché Guevara no estaba un poco celoso de nuestro gran intelectual, de nuestro maravilloso escritor francés, para dudar así de su amigo.
¿El rol menor jugado por el Ché Guevara en la Revolución Cubana puede ser comparado un instante con las hazañas de Régis Debray [en Bolivia]?

¡Evidentemente no! Para convencerse basta con admitir la verdad: Ché Guevara no era más que un perdedor. ¿La prueba? El Ché ha muerto, capturado y ejecutado sin mayor proceso el 9 de octubre de 1967, mientras que el valiente Debray, el mismo, sobrevivió a esta prueba, incluso se ha hecho famoso contando durante 43 años, sus gloriosas aventuras en la selva boliviana. ¡Cómo lo envidio! Todo esto no prueba nada. Solamente que el Ché era paranoico o en peor de los casos, que a nuestro amigo Debray le gusta la conversación y habla a todo el mundo. Incluso a la gente de la CIA. Pero, ¿qué hay de malo en todo esto? Es sin ninguna duda a causa de ese don natural hablador que el [periodista francés] Nicolás Demorand lo invitó el 22 de enero de 2010 a la antena de la radio France Inter en París.
¿Habló mucho nuestro amigo Debray? No, solamente dijo que habría que poner Haití bajo [control] tutela.

Los militares bolivianos exponen el cadáver de Ernesto Ché Guevara.
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Debray, niega históricamente la esclavitud

Desde el año 2002 yo intentaba llamar la atención a un cierto número de responsables [políticos franceses] de diversos sectores, acerca del interés que habría para Francia de participar de manera digna a la celebración y conmemoración del bicentenario de Haití, prevista para el 1 de mayo de 2004. Entres los responsables que yo contacté se encontraba la Srta. Valérie Terranova, muy cercana [al ex-presidente francés de esa época] Jacques Chirac y oficialmente consejera a la Presidencia de la República para la Francofonía. Y de manera no oficial, Terranova se ocupaba también del Japón y de las buenas obras de caridad [del hoy fallecido presidente africano de Gabón] de Omar Bongo. Valérie Terranova se me presentó el día que se trasladaban las cenizas [del famoso escritor francés] Alexandre Dumas al Panteón [monumento mausoleo donde Francia deposita los restos mortales de los héroes de la nación].

Era ella la que había tenido la idea de esta transferencia y se la había impuesto a Chirac, el cual se interesa tanto a Dumas como yo me intereso al fútbol o al queso de cerdo. Terranova me había propuesto de almorzar juntos. Yo había intentado explicar a esta joven mujer bastante superficial e inculta —cuya única ambición— aparte de servir al presidente, era la de lograr encontrar un productor de Hollywood para que acepten un escenario que ella había escrito con su hermano acerca de los orígenes haitianos de [la familia] Dumas. Yo me esforzaba entonces de explicarle la necesidad de asumir [y afrontar] con dignidad nuestro pasado de país [colonizador] habiendo empleado [masivamente] la esclavitud [como la trata de esclavos] en Haití, esto era además una buena manera de luchar contra el racismo. También era una manera de ayudar a los haitianos, a sacarlos del marasmo en el que se encontraban, en donde Francia era en gran parte la causante o la culpable.

Del informe que ella redactó de nuestro encuentro, lo único que fue tomado en cuenta por el Gobierno [francés] era la inminencia de las celebraciones del Bicentenario [en Haití] y que por razones de ignorancia, nadie dentro de la administración gubernamental [francesa] había pensado. El hecho de que los [haitianos] los «anti-Napoleón» se organizaban en Puerto Príncipe [capital de Haití], la peligrosidad de ciertos negros franceses, más inteligentes de lo que uno se podía imaginar y la urgencia de cortar corto y rápido con estas [celebraciones] reivindicatorias, parar a toda costo estas conmemoraciones, la urgencia [para Francia] de crear rápidamente une expedición punitiva. Y para ello se eligió a un «general» [francés].
Se escogió a Régis Debray y se le asignó una doble misión.

- Primero, constituir un grupo de intelectuales para frenar [el debate histórico] de reivindicaciones «memoriales» [de la historia de Haití] en Francia.

- La segunda misión era la de sabotear el bicentenario de la independencia de Haití y dar apoyo a un probable Golpe de Estado decidido por Washington contra el presidente Aristide, que era el primer presidente democráticamente elegido en la historia de Haití y que había tenido la audacia de denunciar el vergonzoso pasado de Francia en Haití: 150 años de esclavitud, 1 millón de africanos deportados, 5 millones de muertos en África a consecuencia de este tráfico de esclavos y de otro lado, la extorsión de 21,000 millones de dólares, impuesto por fuerza militar por París a Haití en el año 1825 como pago por su independencia. [4].

Régis Debray era ahora adulón y amigo intimo de la hermana de Dominique de Villepin [el Primer Ministro de Jacques Chirac en esa época], es decir amigo intimo de Véronique Albanel, mujer casada con un general de la Fuerza Aérea [francesa] y que Villepin pensaba nombrarlo [algún día] como jefe del Comando Conjunto de las fuerzas armadas.
Este general animaba una misteriosa asociación conjuntamente con el Vaticano, llamada Fraternidad-Universal, disponiendo al parecer de grandes medios [financieros], y que actuaba bajo pretexto [o cobertura] de un intervencionismo humanitario, en todos los lugares «calientes» de los países en desarrollo, en particular en Haití. Esta Mata-Hari [5] religiosa reclutaba sus colaboradores [en las facultades] de Ciencias Políticas por intermediario [y recomendación] de la capellanía. Debray estaba feliz de poder prosternarse a los pies de los poderosos del momento: Chirac, Villepin. Se iba a convertir como en la época del [presidente francés] Mitterrand, en el consejero del «príncipe».
Podría pedir ahora cualquier cosa, que den armas y pistolas a sus viejos amigos sin tener que utilizar los requerimientos [estatales] necesarios acostumbrados. Tal vez le darían una oficina en el Elíseo —el palacio presidencial— en París.

Utilizando su imagen, completamente traficada, la del intelectual de izquierda y una cierta influencia adquirida en el sector de la edición [casas editoriales], donde más era admirado a medida que no se le entendía nada, como él mismo, que no entendía nada a lo que escribía.. pues sí, nuestro valiente Régis Debray es el fundador e inventor de una ciencia la «médiología», su acción tuvo más fuerza y eco que el llamado [histórico] que debieron hacer los escritores haitianos y antillanos, y en ese sentido los venció. Porque nadie en tales circunstancias es insensible a un contrato para que le publiquen su libro que acaba de escribir, a un auspicio e invitación en los medios de comunicación, en los coloquios y otras presentaciones culturales, a un puesto en la universidad como profesor, a un cheque para las obras de la asociación, a una medalla o condecoración, a una visa para un pariente, un amigo, un permiso de residencia para la amante, a una nacionalización, al pasaporte que falta conseguir. Por eso solo faltaba encontrar ahora a los historiadores que tendrían que minimizar históricamente los nefastos recuerdos de la esclavitud trasatlántica [hecha por Francia].

Y para ello se escogió a Olivier Pétré-Grenouilleau, oscuro profesor en la Universidad de Lorient, que acababa de sustentar una tesis más que rarísima y repudiada que explicaba a groso modo que los peores amos de la esclavitud o traficantes «negreros» fueron los mismos Africanos y los Árabes y que el tráfico de esclavos cruzando el [océano] Atlántico era una obra de caridad, en el fondo bastante costosa y ruinosa [económicamente] para los «negreros» franceses y para los colonizadores establecidos en las Antillas. La obra de Debray fue publicada en la famosa casa editorial parisina Gallimard, gracias sin duda a la ayuda más que necesaria de Pierre Nora, un viejo que dirige en esa casa editora una colección de Historia y cuyo racismo hacia los negros, —su «negrofobía» es patológica—, apoyó igualmente la publicación del libro de Pétré-Grenouilleau.

El contrato fue firmado entonces con la casa editorial. Pero a pesar de todo se temía que los intelectuales «negros» protesten. Para ayudar a Pétré-Grenouilleau, se escogió también a un dócil profesor universitario en el Instituto Práctico de Altos Estudios, un tal Pap Ndiaye, relacionado por su esposa con Yves Kamani, encargado oficial en el CRIF [6] de una oficina para ocuparse de los «negros». Pap Ndiaye tenía la ventaja de estar en contacto con los neo-reaccionarios estadounidenses. Él era el animador de la extraña asociación, el CAPDIV. [7]

Se le encargó y preparó para que al momento necesario pueda acaparar el espacio mediático para defender lo que no es posible, y, si además podía crear discretamente una organización de "negros" y a la cual se le daría todo el apoyo y medios necesarios para que ocupe el espacio y legitimada [por las autoridades francesas] como la [sola] representativa. El mejor amigo de Jacques Chirac, el magnate François Pinault, que había comenzado haciendo fortuna con la explotación de los bosques tropicales africanos sería solicitado [para que apoye]. También era dueño de las ediciones Tallandier, especializados en la glorificación de Napoleón, propietario además de tres revistas: Le Point (comprada en 1997 para escapar al ISF) Historia et L’Histoire. Estas dos últimas [revistas] promovían y divulgaban un contenido histórico. Se decidió de dedicar un número especial a la esclavitud, y que promocionaría, publicitaría los trabajos Pétré-Grenouilleau y al mismo tiempo aquellos de Pap Ndiaye.

Para que esta operación negrofóbica [de] Villepin-Debray sea todo un éxito, se buscó una persona para que haga el rol de «malo», en ese sentido el humorista negro francés Dieudonné se encontró embarcado en esta historia, sea conscientemente o inconscientemente por intermediario de un activista: Alain Sorel. Todos aquellos que dirían lo contrario de lo que diría Pétré-Grenouilleau serían tildados de antisemitas, locos furiosos inspirados por Dieudonné. «Cuanto más gruesa es la cuerda más difícilmente esta se rompe» (Chirac). El día que Dieudonné ya no asusté o sirva de «malo», se sacaría otro joker, por ejemplo: Kémi Séba. [8]

En Haití, Villepin dio funciones oficiales a Debray y los medios financieros nombrándolo presidente de una Comisión encargada de «reflexionar» sobre las relaciones franco-haitianas. Pero la verdadera misión [objetivo] era la de preparar un Golpe de Estado [en Haití]. La parte diplomática de esta operación fue confiada a tres hombres:

- Phillipe Selz, antiguo embajador [francés] en Gabón, colocado para secundar a Debray y para desestabilizar Haití.

- Thierry Burkard, cuñado de un entrenador de caballos de carrera en Chantilly, Burkard fue nombrado embajador [francés] en Puerto Príncipe [capital de Haití] para dirigir como jefe de orquesta a toda la gentuza local vendida al Golpe de Estado.

- Eric Bosc, secretario en la embajada de Francia, encargado de desinformar a la prensa francesa desde Puerto Príncipe y de otorgar las visas solamente a los «buenos» haitianos, es decir a todos los vendidos que aceptaban de viajar a París para escupir y denunciar al presidente [Aristide] elegido democráticamente. Bosc (quien fue posteriormente expulsado de Togo por injerencia) era alguien tan paranoico, tan racista y negrófobo que lo había convertido casi como un loco. Veía bazukas apuntadas en dirección de la embajada de Francia desde las oficinas presidenciales de Aristide, quien según Bosc, celebraba misas negras con sacrificios de niños cortados en pedazos. Estos eran los «scoop» que Bosc daba a la prensa y los corresponsales extranjeros, sobre todo a Jean Michel Caroit corresponsal del diario parisino Le Monde establecido en Santo Domingo y cercano a los Duvalieristas. [9]

Las reuniones se llevaban a cabo en París en casa de Véronique Rossillon, una [rica] heredera de la familia Seydoux-Schlimberger, que se había dado el gusto de tener un colegio en Jacmel [Haití] el colegio Alcibiade-Pomayrac que ella financiaba de sus rentas, motivo que le daba una posición para interesarse en los asuntos del país e interferir en la diplomacia francesa. Yo estuve en contacto con ella porque un amigo mío francés me la presentó, pero yo ignoraba en esa época, que este amigo había hecho parte del movimiento Jean-Claudista de Baby-Doc.
Porque Jean-Claude Duvalier, clandestinamente recibido y con residencia gracias a la ayuda de Francia desde 1986, estaba siempre activo [por sus intereses en Haití]. Y fue reintegrado en el operativo en curso.
¿No fue Debray que se había encargado de su llegada [y de recibirlo] en Francia en 1986?

Duvalier no llegó con las manos vacías. En el avión de los servicios secretos de EEUU que lo sacó de Haití para dejarlo en Grenoble [ciudad al sur de Francia] había 900 millones de dólares de «ahorros», por tal razón comprendemos hoy porque su estadía temporaria en Francia, prevista para quedarse 6 meses, se ha prolongado 24 años con alta vigilancia policial. Todos los ministros [franceses] del Interior que se han sucedido en el puesto durante un cuarto de siglo han jurado, poniendo su mano sobre el fuego, que no sabían donde Duvalier se encontraba.

La señora Rossillon, que yo no me imaginaba ni sospechaba el rol que ella jugaba en todo esto, me recibió para almorzar en su hotel particular situado en la calle Las-Cases, y pensando tal vez impresionarme, me hizo un show de vieja millonaria caprichosa, show bastante patético. Y en lugar de un postre, recibí de la millonaria una letanía de quejas respecto al presidente Aristide así como de sus principales consejeros. Esta mujer fue hasta imitar el acento haitiano con un desprecio tan racista que me aterrorizó. Enseguida la señora me habló de las condecoraciones que Duvalier le había otorgado. Y como yo no estaba de acuerdo de sus propósitos, me dijo que mi testarudez le recordaba aquella de su difunto marido, el señor Phillip Rossillon, que había fundado el grupo Patria y Progreso, del cual el antiguo ministro [francés] Jean-Pierre Chevènement había sido miembro, militando para ganar a su causa los gaullistas de izquierda en el asunto de [conservar] la Argelia francesa [durante la lucha de independencia de ese país]. En 1968, los canadienses lo acusaron de ser un espía-saboteador cuya misión era fomentar la cizaña en el Quebec [región de habla francesa en Canadá]. Yo no sé si su comparación era un elogio para mí. Algunos días más tarde yo recibí una llamada del embajador Selz, diciéndome que Debray quería verme, a pedido de la Sra. Rossillon.

Para poder componer su Comisión, el guerrillero hablador había reunido un grupo muy unido [«el núcleo duro»] de universitarios cuyo trabajo era la de validar y aplaudir las tesis de Pétré-Grenouilleau y de desacreditar a todos aquellos que lo criticasen. Esa Comisión contaba con la presencia de: Myriam Cottias y Jean-Marc Masseaut, «negrólogos» autorizados por el gobierno, Marcel Dorigny, un representante del ala de Chirac en el Partido Comunista, encargado de vigilar y controlar los trabajos universitarios realizados sobre la esclavitud bajo el auspicio de una asociación reuniendo ingenuos bachilleres preparando sus tesis, como Yvon Chotard, un socialista que se cambiaría de camiseta para pasarse a la derecha, animando una asociación: «Los anillos de la Memoria», una antena del Ministerio de Relaciones Exteriores. Para dar buena impresión y colorear un poco esta Comisión compuesta de únicamente de caras pálidas, se designó a Jacky Dahomay, un profesor de filosofía de las islas Guadalupe, incapaz de conseguir su doctorado pero que beneficiaba de otras concesiones ya que era el protegido de Blandine Kriegel, una maoísta, que aburguesada con el tiempo, se convirtió en consejera del presidente Chirac y presidenta del Alto Consejo para la Integración.

Régis Debray, para hacerse perdonar los pecados que iba a cometer y para bendecir su Golpe de Estado, embarcó en esta nueva aventura al religioso [el padre] Gilles Danroc y a Serge Robert, director del Banco de las Antillas Francesas y que representaba los intereses de los descendientes de los colonos blancos en Martinica [territorio francés] en el Caribe y que la señora de Villepin pertenecía secretamente. El sociólogo Gérard Barthélémy debía asistir a Debray dándole numerosos contactos y direcciones en Haití. En cuanto a François Blancpain. especialista en extorsión y racket [chantaje] impuesto a los haitianos por Francia en 1825, se encargaría de elaborar una estrategia para no pagar lo que había sido robado.

Las funciones exactas de cada miembro de la Comisión fueron rápidamente repartidos. El grupo fue informado del Golpe de Estado y de lo que se preparaba. Algunos quedaron alejados o se hicieron como que no sabían nada. Se les pidió simplemente que sabotearan el bicentenario [de la independencia de Haití] difamándolo a través de sus redes. Bastaba con decir que [el presidente haitiano] era un dictador perverso y corrupto, es decir, propaganda elaborada y programada en las oficinas de la CIA, para que la prensa francesa lo repita a todo pulmón. El papel clave de esta Comisión lo llevaba alguien que no aparecía en el organigrama, la generala Albanel, de su verdadero nombre: Véronique de Villepin, que era enviada por su hermano como una nueva Pauline Bonaparte acompañando al general Leclerc, venido para restablecer la esclavitud [en la isla] y ese rol era jugado en ese momento por Régis Debray. Una esclavitud que la llamaba ahora «tutela».


Jean-Bertrand Aristide.
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Jean-Bertrand Aristide

Siete de abril de 2003. El mundo entero celebraba el bicentenario de la muerte de Toussaint-Louverture, secuestrado y asesinado por Napoleón. En Francia, una sola manifestación [conmemorativa] organizada por el Fort de Joux [museo castillo histórico en Francia]. En representación del gobierno vinieron Hamlaoui Makachera, ¡ministro de los Antiguos Combatientes! La ley Taubira existía desde hace dos años pero el gobierno rechazaba obstinadamente de aplicarla por decreto cosa que permitiría a esa ley otra cosa que ser una palabra hueca. Toussaint Louverture removía el pasado, un pasado que molestaba y que los responsables políticos [franceses] comprendían muy bien que tenía una influencia sobre la política interior y exterior.
Desenterrar ese pasado de la historia de la esclavitud [en Haití] constituye un paso más en la lucha contra el racismo y la lucha contra el racismo es en sí, —y sobre todo—, es tomar una postura y decisión eminentemente política, una mirada revolucionaria y enérgica acerca de nuestro mundo. Se ha dicho incluso que una operación secreta completamente «negrófobica» fue organizada por los más importantes dirigentes políticos franceses bajo el código de operación «Source». Villepin habría sido bien capaz de hacerlo.

Yo decidí de ir a Fort de Joux para saludar la memoria del mártir de la libertad y para ello había reservado un billete. Viajando en el tren, me encontré curiosamente sentado al lado de la diplomática, rubia por supuesto, encargada de Haití en el Ministerio de Relaciones Exteriores [del Quai d’Orsay]. Era sin duda la casualidad. Ella aprovechó el momento para presentarse y entablar una conversación. Me dio su tarjeta de visita. Se llamaba Dominique Waag-Makaïa. De manera natural, me hizo una invitación para que pasara por su oficina. Y lo que fue más curioso, es que al regreso también estaba en el tren junto a mí. Se lo hice comprender y ella me respondió con una pequeña sonrisa llena de insinuación. Un consejero de la presidencia de la República de Haití, el Sr. Pierre Claude, a quien echamos de menos, conversó conmigo en Fort de Joux.

Él me expresó, en nombre de todos los haitianos, su agradecimiento por el combate que yo llevaba a favor del general Dumas. Pierre Claude que tenía que regresar a su país [Haití] me pidió un ejemplar de mi último libro, L’Expédition [10], que él entregaría al presidente Aristide. Yo no conocía al presidente de Haití, lo poco que sabía de él era por medio de todas las mentiras y calumnias que había escuchado. Lo que me parecía bien feo era que los periodistas franceses se encolerizaban contra Aristide pero no decían nunca nada de Duvalier, protegido y refugiado en Francia. Pero hay que saber también, que el 7 de abril de 2003, el presidente Aristide tuvo la audacia de hacer saber a los franceses, el cálculo financiero que él había hecho de lo que había costado finalmente, —prestamos incluidos—, el chantaje y robo impuesto por Francia en el año 1825. Aristide llegaba a la suma de 21,000 millones de dólares. Con la perspectiva de un proceso judicial realizado por Haití, —un pequeño país— pero queriendo hacer respectar sus derechos, puso en efervescencia al gobierno francés. y sobre todo a Villepin, ministro bonapartista de Relaciones Exteriores, y que se veía ya presidente de la República Francesa en 2007 [en 2007 ganó la presidencia Nicolas Sarkozy, Ndlr.].

A mi gran sorpresa, Aristide, no solamente tuvo el tiempo de leer mi libro sino que incluso me telefoneó. Él me invitaba para que yo vaya a verlo y conversar de la historia de Haití. Yo aprovechaba la ocasión para proponerle a mi editor, el Sr. Jean-Paul Bertrand, un libro de entrevistas [con Aristide], editor que publica mis obras desde hace ocho años. Y mi editor me envió a Haití. Fue en esa ocasión que yo pude conversar durante casi treinta horas, cara a cara, con aquel que era presentado por la prensa golpista, como un monstruoso dictador y perverso. Yo he guardado —en lugar seguro por supuesto—, todas las grabaciones que realicé [con Aristide] y que anuncian exactamente todo lo que pasó posteriormente. Mi impresión. corroborada por una minuciosa investigación sobre el terreno, fue muy diferente de todo lo que yo había escuchado en París. Yo descubrí un hombre simpático, suave y culto, que no había renunciado a [realizar] sus objetivos sociales [en Haití], y por dos veces consecutivas, el pueblo lo había elegido a una amplia mayoría. Solamente, como era inflexible en cuanto a la independencia de su país, los EEUU habían puesto a este país [Haití] bajo embargo y lanzado una campaña de propaganda para denigrarlo, lo que se llama en lenguaje técnico: guerra psicológica "character assassination" En vez de matar la persona y hacer de ella un héroe, se mata primero su imagen en los medios de comunicación, lo que permite de eliminarlo físicamente más tarde de manera discreta.

En Haití, un grupo de «opositores» [políticos] había aparecido, grupo creado artificialmente por un personaje sirio-norteamericano (y que no tenía la nacionalidad haitiana): André Apaid, multimillonario, blanco de piel, actuando de manera notoria a cuenta de la CIA, pero presentado por la prensa francesa como haitiano negro representando los trabajadores [11]. ¿Qué es lo que todo esto escondía?

El subsuelo de Haití, hasta ahora inexplotado recela: petróleo, uranio, oro, cobre, iridio. Aristide estaba al corriente de las potenciales riquezas de su país. Los Estados Unidos también. Ellos sabían que él lo sabía. Como yo había simpatizado con el presidente el me había dicho estas confidencias. Aristide no sólo se preocupaba de los intereses de su país sino que era además consciente del rol que podía y debía desempeñar para todos los africanos de la diaspora [descendientes de África], todos aquellos —cómo yo— que eran desdeñados, despreciados en su país de nacimiento a causa del color de su piel.
Él era consciente de lo que pasaba en los suburbios [y guetos] de Francia, en las islas [coloniales] de Guadalupe, en Martinica, en Guyana [francesa]. Desde 1804 su empobrecido y pequeño país había hecho el juramento de enviar comandos, en cualquier parte del mundo, en donde se encontrara un sólo negro retenido como esclavo. Y esta política estaba siempre válida y de actualidad [por el gobierno de Haití].
Sin conocernos, habíamos llegado a la misma conclusión.

Yo me sentía como en mi casa en Puerto Príncipe. Lo había sentido —anocheciendo— apenas el avión había comenzado su fase aterrizaje en el aeropuerto internacional de Puerto Príncipe. Haití estaba desprovista y pelada de todo, pero los humildes tenían un orgullo en la mirada y en el comportamiento que asombraba incluso a los muy pocos observadores. Esta llama que yo vi brillar en los ojos del primer haitiano que encontré en tierra, borró por completo, como un rayo, el amargo recuerdo de todas las humillaciones que yo padecí en mi propio país desde hace ya casi medio siglo.
Aristide no era más que la encarnación política, de toda evidencia legítima, de esta mirada. Los pobres estaban dispuestos a morir por él y ellos representaban una clara mayoría. Por eso comprendí, porque este nuevo Toussaint Louverture era considerado como extremadamente peligroso por todos los "negrófobicos" del planeta. El problema no era de saber si lo que decía de él era verdadero o falso, sino de saber si se le lograría eliminar antes de la celebración del bicentenario de Haití.

A mi regreso [a París] yo tenía una cita con la Sra. Waag-Makaïa, al secretaria de Relaciones Exteriores que yo encontré en el tren «por casualidad», yendo y viviendo de Fort de Joux, y quería darle mi apreciación y sentimiento acerca de Aristide: era evidente que todo lo que se decía de él tenía la marca de una fabricación saboteadora y grosera. Decía yo además, que Francia tenía interés de tenderle la mano a los haitianos y juntarse a ellos en los honrosos esfuerzos para celebrar el bicentenario de la República negra. Que la Historia lo imponía.
Cuando me encontré en los corredores del Ministerio de Relaciones Exteriores [Quai d’Orsay], la joven mujer vino a mi encuentro y se puso a tocar todas las puertas [de las oficinas] de la dirección administrativa para las Américas, como para anunciar y advertir que todos los ministerios se encontraban en peligro, el monstruo contaminado por Aristide se encontraba allí. ¡El monstruo era yo!

Así pues, me encontraba un momento después en una oficina, rodeado de cuatro diplomáticos [franceses], donde más de uno se mostraban altamente agresivos conmigo, hostigándome de preguntas idiotas y en donde se encontraban ya todas las respuestas. Incluso me reprocharon de haberle hablado a Aristide, porque decían ellos, «hechizaba» a todos los que se acercaban a él. En Francia, a eso lo llaman ser carismático, pero cuando se trata de negros, el racista pierde toda racionalidad y reprocha a los demás con su pensamiento primitivo que no está con la realidad con su propio pensamiento. El odio que chispeaba de sus miradas me impactó mucho. Yo era un francés como ellos y sólo venía a darles mis mi opinión como intelectual en un asunto que les correspondía a ellos decidir [como funcionarios del gobierno francés].

Sin embargo, estos tecnócratas que me rodeaban, no hacían ningún esfuerzo para disimular un racismo que yo no hubiese sospechado encontrar en una administración francesa de ese nivel. Para esa gente, yo era un extranjero en mi propio país. Era simple, yo era un negro y en el Quai d’Orsay [Ministerio de Relaciones Exteriores], por tradición, el rol de los negros es de hacer la limpieza en las oficinas antes que lleguen los diplomáticos blancos de piel. Pero de negro despreciable que yo era y a priori sin calificación [sin profesión], yo me había transformado en negro revoltoso y peligroso. Yo me había convertido, trasformado en haitiano. Y a los haitianos ellos los odian. Simplemente porque yo había osado decir que mi país [Francia], después de 150 años de odiosa opresión y de esclavitud impuesta [a los haitianos], había además estafado, robado y chantajeado a una joven República, que se encontraba debilitada por la tentativa francesa de exterminación, que era tiempo de cambiar esa política, no solamente por razones morales, sino porque también Francia tenía un interés geopolítico estratégico y económico evidente. Se suponía que yo debía discutir tranquilamente de Haití con un compatriota a priori equilibrado.

Yo me encontraba así pues con cinco individuos completamente alterados, que yo no conocía y que eran los superiores jerárquicos [de la Sra. Waag-Makaïa]. Mi cita parecía más bien a un control militar. Uno de los diplomáticos, que no se aguantaba más, se puso a gritarme. Yo pensé que había llegado el momento en que me comenzarían a pegar.
¿Qué crimen había yo cometido para desestabilizar de esa manera a esa gente? Gente que debería estar más segura de sí misma ya que durante todos los tiempos, siempre han tenido razón, tanto por su color y por el hecho de estar allí en el ministerio, cumpliendo una función oficial [del gobierno], mientras que yo, cuales fuesen mis diplomas o su valor, o era más bien a causa de mis diplomas y de mi valor precisamente, ¿sería yo más que un perturbador, una monstruosidad, un traidor y un asqueroso a quien Francia no le debería darle jamás nada, [darme] solamente golpes bajos?

Yo era el granito de arena que dificultaba el engranaje de un plan del cual yo evidentemente ignoraba todo. Era un viernes. Viendo que ellos no lograrían cambiar mi punto de vista, mis «huéspedes» en su alocamiento, antes de «liberarme», decidieron delante mío, que una reunión de crisis y urgencia sería llevada a cabo temprano el lunes, en la oficina del Director de las Américas [en el Ministerio de Relaciones Exteriores, de Francia].

Los Villepin

Noviembre de 2003. El ditirámbico dossier destinado a elogiar a Petré-Grenouilleau, al extremo que presentaba como un nuevo Tucídides, acababa de salir publicado en la revista L’Histoire, propiedad de Pinault, el hombre de la madera exótica. Los autores no se atrevieron a presentar a los esclavos como gente verdaderamente despreciable, pero no andaban muy lejos. Eran cuando menos imbéciles. Si habían llegado a ser esclavos era porque no habían sido lo bastante inteligentes como para vender a sus propios congéneres, como siempre habían hecho los africanos.

En cambio, los negreros y los dueños de plantaciones eran gente muy correcta. Y no eran tan ricos como se dice. Había que relativizar. Por supuesto, no era el dinero proveniente de la trata de negros lo que había financiado el capitalismo. Y cada uno de los autores trataba de demostrar aquello en su artículo. Hasta Francoise Chandernagor, de quien no se sabe qué hacía entre aquellos autores, decía ser descendiente de esclavos.
Por fin un esclavo. Aunque sea uno. Todo el mundo sabe que Francoise Chandernagor vivía en una gran residencia en París y, fuera de la capital, en un castillo, así que aquello quería decir que se trataba para ella de una decisión de identidad. El asunto era que si los negros se atrevían a presentarse alguna vez como descendientes de esclavos, los estaban esperando.

Me encontraba yo en el salón del libro de Brive para firmar L’Expédition (La Expedición), y dedicar a los lectores mi segunda novela (y mi tercera obra), que relataba, desde el punto de vista de Pauline Bonaparte, lo sucedido en Haití en 1802-1803. Dado que la edición de ese libro se agotó, puedo decir sin falsa modestia que se trataba, a mi entender, de un buen libro y, con la ingenuidad del principiante, esperaba yo que me permitiera obtener un poco de publicidad en la prensa, cosa que no sucedió, exceptuando un programa en [la radio francesa] RTL.

El problema no fue que mi novela no llamara la atención –llamó al menos la de los miles de lectores que la compraron– sino que el tema parecía muy escabroso ya que ponía en tela de juicio a Napoleón. El político de moda –Villepin, ministro de Relaciones Exteriores, hombre con una alta opinión de sí mismo y que se las daba de ser capaz de escribir– era un fanático de aquel tirano.
¿Y qué periodista podía atreverse en aquel entonces a hacer algo que no le gustara a Villepin?
Estaba yo firmando mis libros, esperando algo tristemente a los compradores, cuando recibí la llamada del embajador Selz, el especialista en asuntos africanos de la comisión Debray, anunciándome que el guerrillero parlanchín quería verme de parte de la vieja dama de la calle Las Cases, quien, al parecer, había insistido mucho.

Poco después se sintió un clamor. Era la llegada del escritor-ministro Villepin, que acababa de «escribir» algo. Según uno de sus editores, seguramente un malintencionado, «había que ayudarlo mucho», como se dice en la jerga de la profesión. Era tanta la adulación que, para agasajar a aquel incomparable hombre de letras, nada más llegar se le entregó el gran premio del salón de Brive.
Para garantizar la presencia de gente en su stand, que por ironía del destino estaba casi frente al mío, Villepin llegó acompañado de Bernadette Chirac. Una jauría de periodistas corría detrás del príncipe heredero. Las señoronas de la burguesía local, blandían el opus del ministro estremeciéndose de impaciencia y emoción, dispuestas a pelearse entre sí por una mirada del nuevo Talleyrand. En mi stand, la situación era mucho más tranquila.

Mientras soportaba yo la indecente escena, y a pesar del tumulto, se me acercó una admiradora. Era una mujer rubia de unos 40 años. Inició la conversación mientras tomaba un ejemplar de mi libro. Mi obra le parecía muy interesante. Le gustaban mucho las Antillas en general, en particular Haití. Había visto Monsieur Toussaint, la obra de teatro de Edouard Glissant, bajo la dirección de Greg Germain, en Pontarlier, cerca del fuerte de Joux. Acabó diciéndome que era amiga de Glissant y que incluso tenía previsto ir con su esposo a pasar las navidades en casa del escritor, en Martinica. Empezamos a conversar sobre Haití.

La dama parecía tan interesada en lo que yo le estaba diciendo que se había agachado. Yo me había olvidado de Villepin y del tumulto que él estaba ocasionando, cerca de nosotros, con sus fanáticas señoronas. Después de unos 30 minutos, mi admiradora me dijo que tenía que irse pero que le gustaría que yo le dedicara mi libro. Cuando tuve el bolígrafo en la mano, me dijo que era para su esposo. Le pregunté el nombre para incluirlo en alguna frase amistosa. Me respondió, con una sonrisita y bajando un poco la voz: «Dominique de Villepin».

Todo aquel tiempo había estado yo conversando con Marie-Laure Leguay, la esposa de Villepin, nacida en Martinica. Por supuesto, no era una casualidad ya que yo acababa de recibir a través de mi teléfono móvil la llamada del embajador Selz invitándome a reunirme con Regis Debray.
Escribí mi dedicatoria para Dominique de Villepin «con la esperanza de que esta lectura le estimule a celebrar dignamente el bicentenario de Haití.»
La señora me pidió mis coordenadas y yo se las di.
¿Cómo podía yo imaginarme que, durante las vacaciones de navidad en la residencia de Edouard Glissant en Martinica, su esposo iba a preparar un golpe de Estado contra Haití y que ella estaba seguramente al tanto?


El embajador francés Thierry Burkard.
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Burkard y Debray, los contrarrevolucionarios

El nuevo embajador de Francia, Thierry Burkard, había sido nombrado en el verano de 2003 y su misión consistía en fomentar un golpe de Estado contra el presidente Aristide. Antes de dejar [Puerto Princiipe], su predecesor incluso había anunciado una «tempestad». Ignorante de todo aquello, yo había enviado a Burkard un ejemplar de mi libro L’Expédition, con la esperanza de hacerle entender la situación un poco mejor. Burkard me propuso que tomáramos un café en París el día anterior a su partida, lo cual acepté. Era visible que lo habían predispuesto en contra de Haití, pero se esforzó por disimularlo, lo cual le imponía una especie de rictus. Como nuestra formación universitaria era muy similar, Burkard no podí

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